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BASTIÓN.

Actualizado: 13 oct 2022


“Navegando en la pandemia de la COVID-19: nos hemos subido al bote salvavidas. La tierra firme queda lejos” Marc Lipsitch.


Un hastío matutino me llegó de repente, eran las 630 a.m. y el despertador no había sonado como de costumbre. Mi jornada comenzaba a las 600 a.m. y sentí el terror de una impuntualidad no programada. La puntualidad era un defecto adquirido en las largas jornadas de mi quehacer en una tierra que valora al tiempo como a una vitrina de joyería pues, nada más lindo que un bello ejemplar de Rolex® o un Tissot® y, ¿Por qué no?, un precioso ejemplar smartwatch.


El agua fría me arropo en la ducha y contrajo uno a uno todos los músculos de mi cuerpo enclenque, carente de belleza y exuberante en déficits, como si la madre naturaleza me recordara a cada momento que tengo una deuda ancestral por mi creación. Tomé algo de café caliente y Salí a toda prisa. El autobús, a diferencia de mí, estuvo puntual en la esquina de mi barrio.


Al arribar, noté gestos poco amables en los rostros de gente conocida. Todos me miraban con la curiosidad apremiante de saber lo que no les interesaba saber.


-¿Qué son esas horas de llegar Sr.?

-¿Parce, a Usted qué le pasa?

-Viejo... ¿Se le pegó la cobija?


Me senté junto al ordenador de mi escritorio e inicié mi jornada no sin antes recibir un merecido llamado de atención de mi jefe inmediato por llegar tarde.

Recordé en ese momento preguntar por una solicitud que había hecho unos días antes a los de Recursos Humanos:


- ¿Saben algo del biológico que debo recibir?

... Esa vacuna para el coronavirus -

- ¿Cuándo le toca a éste cristiano ese turno anhelado?

- ¿Tienen idea de cuándo llegará ese momento tan surrealista?


Sobre las dos horas de iniciar mi jornada laboral pude revisar mi celular, hecho inculcado y recalcado por la directriz del estamento de no distraerse - así fuera leyendo literatura - algo muy cierto hoy cuando, fijar los ojos en un celular es un hecho recurrente y habitual y que le roba más minutos a una empresa que una gripa común. El chat de wasap registraba:


- Hola… Soy Héctor de Recursos Humanos-

- Respecto a tu consulta:

- ¡Debe esperar al menos dos semanas más!

- Han tenido dificultades con la importación…

- ¡Que pena, le toca seguir esperando!


Los ojos leyeron aquello, una extraña sensación de vacío en mis vísceras me hizo levitar por un instante y sentí una incómoda levedad y frustración. Infectarme nuevamente, llevar esa extraña enfermedad a la casa de la que sobreviví la primera vez por pura inspiración y comprobación de mi fe en el Espíritu Santo, era algo que no estaba entre mis planes.

Recordé, cuantas veces planeé irme al viejo continente, plan un poco descabellado pero que me volvía a la testa cada vez que vivía una frustración como la experimentada el día de hoy.

La primera que lo pensé, cuando apenas empezaba mis correrías por éste país, buscando un buen sitio para sedimentar mis sueños de serle útil a una sociedad sedienta de talentos, un déficit de dinero fue la causal de mi renuncia; la segunda vez cuando parecía más seguro y auto determinado a migrar antes de enloquecerme en éste ambiente enrarecido y plagado de facilismo y corrupción, el nacimiento de mi segundo hijo me lo borró de tajo pues había que reunir un monto suficiente de dinero para no quedarle mal al infante que me recordaba su raíz umbilical cada vez que se desgalillaba anunciándole a todos su necesidad de comer. Cuanta alegría, cuanta satisfacción. Ver a mis críos crecer en una tierra que me había dado y negado tantas cosas, se convirtió en una golosina provechosa a mi desesperanza en ese momento.


Sobre las 500 pm, ya consumado mi turno de trabajo y con un hambre soterrada entre las tripas, miré de nuevo el reloj, era hora de prepararme a salir, algunas cosas me quedaban pendiente, sin embargo, no había razón para no dejarlo para el día siguiente, sabiendo que eran tramites que no retardarían mi atención. Tuve cinco minutos con mi Yo interior para cuestionarme una vez más los hechos recientes. Tuve tiempo suficiente para entender unas cuantas verdades más de mi distorsionado pensar; era obvio que hay cosas más importantes que una simple voluntad de cumplirle a una persona común y corriente.


Aseguré unos papeles de mi oficina y salí con la certidumbre que al día siguiente todo estaría exactamente como le había dejado el día anterior, todo el peso de mi rutina embelesada en una frustración galopante, energizante y, ¿Por qué no?, motivadora para seguir preparando una excusa nueva para no partir.


CESAR LORQU

Marzo de 2021.


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