Capítulo III - #UBA
- cesarlorqu

- 21 oct 2021
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 13 jun 2025

El muchacho de quien les hablo ahora se llama Santiago Hernández De Oca, Santi era su nombre de pila, le conozco desde niño, su padre murió cuando él recién cumplía los quince, sobre los inicios del año 2016. En compañía de su madre viuda y sus dos hermanos debió asumir la tarea iniciada por su padre. Él como buen artesano aprendería del arte de la ebanistería y la conservación de muebles y soportes de arte religioso que engalanaban y representaban con orgullo al pueblo de El Retiro Antioquia, hermoso terruño del oriente antioqueño y lugar donde nació Santi, sitio de origen para ésta historia.
Santiago o Santi como prefería llamarle Lucía, creció como un muchacho más de los que se criaban en estas tierras, afable, dicharachero y amante de las buenas costumbres quien se jactaba de ser quien más le había marcado goles al portero de su pueblo, dicho sea de paso, luego convertido en el arquero de la selección antioqueña de fútbol a quien por casualidad le conocían como Santi y respondía al nombre de Juan Santiago Atehortúa.
Lucía me había contado como le habían hecho llamar en varias ocasiones del colegio donde estudiaba Santi por problemas de indisciplina y porque una vez se burlaron de unos arreglos realizados por su padre a la virgen del Rosario de la iglesia principal Nuestra Señora del Rosario.
- La profesora me hizo llamar urgente pues parece que al Santi se le había ocurrido golpear a uno de sus compañeritos –
- Lucía vemos con preocupación la agresividad con la que su hijo puede reaccionar a veces, sé que es un buen muchacho… Pero miren a ver si pueden corregirlo y evitar así que pueda llegar a convertirse en un chico agresivo y pudiendo incluso llegar a hacerle daño a sus propios hermanos – le comentaba el coordinador de disciplina.
- Profe…Yo le conozco bien, a él no le gusta que le hablen mal de su papá, es como un superhéroe para él –
- Verá que lo vamos a corregir y esto no volverá a repetirse –
- Eso esperamos Lucía, todavía es tiempo para corregirle, cuente con nuestro cuerpo de profesores para ayudarlo en todo lo que esté de nuestra parte –
- Se lo agradezco mucho Profe –
Yo le escuchaba contar historias de sus hijos pero en cada narración, siempre notaba que se ponía más melancólica al hablar de su hijo mayor. Hay cosas que no recuerdo muy bien por mi enfermedad, creería que la psicóloga del colegio le había hablado de rasgos de obsesividad en su personalidad y que necesitaría de mucha atención para que fuera corrigiéndose poco a poco.
El muchacho veía en sus estudios una verdadera perdedera de tiempo.
- Amá… ¿Yo pa’ qué estudio?-
- Yo quiero ser como mi papá, para eso necesito más tiempo pa’ quedarme en el taller y estar pendiente de cómo él lo hace...Amá, ¿Para qué tengo que ir al colegio? –
- ¡Mijito… Eso no se pregunta! – refutaba con autoridad Lucía.
- ¡Haga el favor y se alista que hoy le toca con el padre José! –
Se levantó a regañadientes, con los ojos encolerizados, pues no entendía la insistencia de su mamá. Ahora además le agregaba sal a la herida con los sermones del padre José.
El padre José Quintero, sacerdote de hábito y corazón, estaba comprometido con la formación en valores de sus estudiantes, para él el amor a la familia y el respeto por el otro eran normas sagradas e indiscutibles, a la diestra del amor por Cristo y la catequesis. Pues bien, muchas horas con sus minutos contados debió dedicarle a Santi para hacerle caer en cuenta que no era necesario acudir a la violencia física para hacer reconocer o expresarle al otro lo que pensabas:
- Santi, hijo, cuéntame, tu mamá me ha dicho que andas en problemas de disciplina con tus compañeros de clase –
- Padre, ni siquiera son mis compañeros, eran del curso de arriba, se reían de lo que mi padre reformó, las imágenes de la iglesia que yo mismo le ayude a limpiar para ser pintadas - curadas diría el autor –
- No sé cómo se enteraron pero yo no me la dejo montar padre -
- A mí que me molesten con todo, menos con la memoria de mi padre –
- Ahí sí que se la aguanten Padre porque yo le voy mandando su mazazo sin discusión –
- ¡Santi…!
- ¿Qué es esa forma tan fea de hablar?
- Vamos muchacho, llena tu corazón de amor para dar, aprende a poner la otra mejilla… ¡Eso dicen las santas escrituras! –
Le habló mucho rato del amor y el respeto por el prójimo, de cómo irse ganando un puesto entre los demás, fundamentado en una sana convivencia y lograr dejar de lado el uso de palabras obscenas que se constituían en un insulto a la gloria de nuestro señor.
- Santi… Quiero ponerte una penitencia para que logres mejorar y corregir esos momentos de ira y soberbia hijo –
- Cuénteme padrecito, ¡lo que sea por la tranquilidad de mis cushos!
- Quiero que me ayudes a leer unos versículos de la biblia, háblale a Dios y prométele que vas a cuidarte más de lo que dices de ahora en delante y sobre todo, que vas a intentar controlarte más cuando te enojes… Jovencito –
- ¡Seguro que sí Padre José!
- ¡Se lo prometo!
- A mí no, Santi, al santísimo –
La tarea consistió, como buen cristiano en formación, que leyera algunos versículos de la biblia donde se hablaba sobre el amor y el perdón así como de la reconciliación (Mateo 6:14, Efesios 4:32, Colosenses 3:13), elementos necesarios para la construcción de una sociedad sana, le pidió que le dedicara una oración a su Dios y le pidiera paz y control en su corazón de hombre que estaba en crecimiento pues a los 12 años y en curso de la secundaria era hora de dejar los guantes a un lado y dedicarse, al lado de su padre, a trabajar duro y a aprender el oficio arte en el que era muy hábil su querido papá y, como lo sabía el padre José, él era su universidad y su mentor pues, quien mejor preparado para enseñarle el arte de curar y preservar las reliquias de arte religioso que su propio padre.
Vaya sino se esforzó, además de tomarse en serio la lectura recomendada por el sacerdote, Lucía me contaba que muchas veces se quedó todo el fin de semana al lado de Gerardo, mirándole, observando su arte, de las pinceladas, del disolvente y fijadores de color, de cómo prevenir los parásitos y mohos que dañarían las imágenes y muebles, razón de ser de su arte ancestral, arte transmitido por tradición oral y desarrollado con paciencia y sin afán, para preservar las maravillas heredadas tras la emancipación española. Su mamá le observaba y le admiraba en esa obsesión muy suya de no dar el brazo a torcer cuando se empecinaba en algo. Así escuche a Lucía hablar de él, su adorado Santi, entiendo yo en mi distorsionado juicio, su hijo consentido, su ñaña como le dirían en casa.
Mateo y Rosa María, sus otros dos hermanos no dieron mucho que hacer, más apegados a la madre, consentidos en oficio por Lucía a quien no le sobraba amor en su pecho para sus hijos bendecidos por el Dios de su hogar, ese ser misericordioso que le había prodigado una familia como ella se la había soñado.
Los fines de semana, arrancaba con sus dos hijos menores al taller de su esposo quien en compañía de Santi trabajaba hasta tarde para poder entregar a tiempo los trabajos convenidos.
Papá era el único de nosotros que la llamaba Lucy, en los momentos que departíamos él la llamaba así y para nosotros era la palabra clave de la felicidad pues, asociábamos ese diminutivo con la armonía y magia del amor de nuestros padres.
- Santi…Les traje a ti y a Papá su almuerzo –
- Se lavan las manos y… ¡A comer! –
- Lucy, amor, quisiera terminar primero ésta restauración –
- Es el cristo de la iglesia que tiene una avería –
- Listo ´mor… ¡Santi a comer pues! –
Reímos y jugamos después de almorzar, a papá se le ocurrían a veces juegos que no conocíamos, cualquier juego que aparecía en internet lo descargaba y lo compartía con nosotros para jugarlo.
Fueron tardes espectaculares de las que todavía tengo recordación, mis hermanos y papás juntos, saltando, gritando, inventándonos un nuevo juego para correr a jugarlo y fundirnos en la risa amelcochada de una familia como pocas, con vicisitudes económicas pero unidos en el amor de cada uno de sus miembros.
Así lo recordaba Santiago, así era de nítido el recuerdo de sus padres y hermanos, sin una excusa para el amor, sin una excusa para afrontar cada problema a diario e intentar salir adelante con la verraquera característica de los paisas.





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