El Señor Frio
- cesarlorqu

- 19 mar 2023
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 21 ene 2024
-¿Un sujeto sin tálamo? -
Cuento introductorio

Elkin Parra, hombre con ojos y piel de castaño, llegado al mundo 26 años antes
del inicio de ésta historia, oriundo de San Pablo sur de Bolívar, con formación en
Matemáticas y seguidor por afinidad de los Lakers pues la combinación de los
tonos amarillo y lila le parece simbiótica y sinérgica. Su apariencia física es
envidiable, 184 cms de altura y de brazos fuertes, criado con guarapo pero también
con leche recién ordeñada y potenciado por la carne de bocachico del Magdalena,
labrador de la tierra desde niño y entre sus haberes, un pasado como hábil
raspachin de coca cuando le tocaba romperse el lomo para recaudar los fondos
necesarios para pagar sus estudios con la pasión innata de un hombre formado
entre los números y ecuaciones de Baldor que fotografiaba en sus ojos sin brillo
para luego recitar con la mano derecha sobre cualquier superficie en limpio que se
le atravesará entre las manos, hecho que adelantaba de manera automática como
casi todos los eventos en su vida.
Las emociones para él significaban un viaje rutinario e indeterminado en el tiempo;
las mujeres, el licor, los amigos todos ellos le semejaban un roce sutil sobre su
humanidad fría. Su última conquista dormía bajo tierra amparada por una pregunta
jamás respondida ¿Por qué yo?
Elkin cultivaba y cuidaba con devoción de monje de sus orquídeas coloridas,
cattleyas, zapaticos de obispo (P.caudatum), cucarrones (S. jenischiana),
josefinas (Miltoniopsis) e incluso algunas especies de cymbidiums hacían parte
de su jardín de flores coloridas. Era
bien sabido y reconocido por todos los que
alguna vez nos cruzamos de frente entre sus ojos y el infinito intangible de su punto en el espacio que lo
único que le generaba algún sentido y amago de fe por la vida y sus " semejantes "
era el color pues su experiencia sensorial
supo hacer un
bypass con su neocorteza y los
pulpejos de sus dedos tenían cicatrices y lucían impasibles tras la huella del fuego.
Le gustaba insertarse en el bosque, no tenía problemas con el frío ni con los
extremos de temperatura en su entorno, igual le parecía caliente que frio y, no le
guardaba distancia a la soledad. No le reconocían pareja aún ni tampoco había
expresado preferencia de género por uno u otro (a), sin embargo sus manos
encartonadas y robustas le habían tocado el rostro a la muerte sin alcanzar a
guardar ningún tipo de remordimiento
por sus acciones. Hacía menos de 10 años,
más adelante confesaría que 8 años antes, habría migrado a Antioquia y se había
formado en matemáticas en el Alma Mater de la Universidad Nacional.
Las laderas de Envigado, más exactamente las laderas de El Salado guardaban
en su registro varios eventos oscuros en relación a la vida y las acciones de el Señor Frio
como una de tantas veces compartieron entre sí a modo de susurro sus compañeros de clase.
Claudia, su última pareja, irrumpió en su cuarto de la parte alta de El Dorado, ella
no le anunció que iría por él, él no la esperaba esa tarde y ya le había recalcado una y otra vez durante sus faenas de cama que sí ella lo quería cerca que se mantuviera
alejada. No le gustaba que irrumpieran en su morada sin anunciarse, su
compulsión por estar solo era tan marcada como su incapacidad para expresar
sus afectos por las personas que se mantenían en su entorno.
- ¿Qué afectos podría expresar un espécimen cómo el Señor Frio?
Ella entró y lo encontró moviendo la materia en descomposición y su abonadura
las cuales sustentaban el universo sensorial del Señor Frio. Las orquídeas le
estrechaban su mundo plano de afecto y no toleraría que una dulce y brillante
muchacha criada en la Esparta Colombiana, como le llaman a la ciudad de
Marinilla, le robara su preciado tiempo a cambio de melosería y verborragia. Sus
manos toscas le dejarían la tráquea sin aire y ella dormiría entre las manos de su
ejecutor al tiempo que él, con un cerebro emocional divergente, continuarían
moldeando con sus dedos tiesos e indolentes que conocían el significado de la
ecuación de Euler y su progresión rítmica e ineludible, una especie de telaraña
famélica capaz de envolver y abrazar a todo aquel despistado que cruzara el
umbral de las manos del Señor Frio.
Elkin usaba sus zapatos NS® de color café avivado por dos franjas negras en su costado los cuales eran sus preferidos para salir desde chico; recordaba el regalo del tío Gustavo tras varios usos por parte de sus hijos y primos, los que habitualmente dejaban tras uno o dos usos pues eran de marca nacional y para ellos no lucían cools pero si reconocían que era el único calzado que podrían usar dadas sus limitaciones de dinero. Se había obsesionado con la apariencia de sus zapatos, su color y brillo, a punto incluso de no aceptar ningún tipo de manchadura en su superficie limpiándoles de manera obsesiva como casi todo lo que hacía en su vida cotidiana. Tomaba sus zapatos y corría al patío para, a punto de jabón y agua, retirar toda suciedad de sus zapatillas.
Esa mañana no pudo calzar sus zapatillas café, algo oscuro se divisaba en su memoria retorcida pero, alguien le seguía los pasos de cerca.
CESAR LORQU





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