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El Señor Frio

Actualizado: 21 ene 2024

-¿Un sujeto sin tálamo? -

Cuento introductorio




Elkin Parra, hombre con ojos y piel de castaño, llegado al mundo 26 años antes

del inicio de ésta historia, oriundo de San Pablo sur de Bolívar, con formación en

Matemáticas y seguidor por afinidad de los Lakers pues la combinación de los

tonos amarillo y lila le parece simbiótica y sinérgica. Su apariencia física es

envidiable, 184 cms de altura y de brazos fuertes, criado con guarapo pero también

con leche recién ordeñada y potenciado por la carne de bocachico del Magdalena,

labrador de la tierra desde niño y entre sus haberes, un pasado como hábil

raspachin de coca cuando le tocaba romperse el lomo para recaudar los fondos

necesarios para pagar sus estudios con la pasión innata de un hombre formado

entre los números y ecuaciones de Baldor que fotografiaba en sus ojos sin brillo

para luego recitar con la mano derecha sobre cualquier superficie en limpio que se

le atravesará entre las manos, hecho que adelantaba de manera automática como

casi todos los eventos en su vida. 


Las emociones para él significaban un viaje rutinario e indeterminado en el tiempo;

las mujeres, el licor, los amigos todos ellos le semejaban un roce sutil sobre su

humanidad fría. Su última conquista dormía bajo tierra amparada por una pregunta

jamás respondida ¿Por qué yo?


Elkin cultivaba y cuidaba con devoción de monje de sus orquídeas coloridas,

cattleyas, zapaticos de obispo (P.caudatum), cucarrones (S. jenischiana),

josefinas (Miltoniopsis) e incluso algunas especies de cymbidiums hacían parte

de su jardín de flores coloridas. Era

bien sabido y reconocido por todos los que

alguna vez nos cruzamos de frente entre sus ojos y el infinito intangible de su punto en el espacio que lo

único que le generaba algún sentido y amago de fe por la vida y sus " semejantes "

era el color pues su experiencia sensorial

supo hacer un

bypass con su neocorteza y los

pulpejos de sus dedos tenían cicatrices y lucían impasibles tras la huella del fuego.


Le gustaba insertarse en el bosque, no tenía problemas con el frío ni con los

extremos de temperatura en su entorno, igual le parecía caliente que frio y, no le

guardaba distancia a la soledad. No le reconocían pareja aún ni tampoco había

expresado preferencia de género por uno u otro (a), sin embargo sus manos

encartonadas y robustas le habían tocado el rostro a la muerte sin alcanzar a

guardar ningún tipo de remordimiento

por sus acciones. Hacía menos de 10 años,

más adelante confesaría que 8 años antes, habría migrado a Antioquia y se había

formado en matemáticas en el Alma Mater de la Universidad Nacional.


Las laderas de Envigado, más exactamente las laderas de El Salado guardaban

en su registro varios eventos oscuros en relación a la vida y las acciones de el Señor Frio

como una de tantas veces compartieron entre sí a modo de susurro sus compañeros de clase.


Claudia, su última pareja, irrumpió en su cuarto de la parte alta de El Dorado, ella

no le anunció que iría por él, él no la esperaba esa tarde y ya le había recalcado una y otra vez durante sus faenas de cama que sí ella lo quería cerca que se mantuviera

alejada. No le gustaba que irrumpieran en su morada sin anunciarse, su

compulsión por estar solo era tan marcada como su incapacidad para expresar

sus afectos por las personas que se mantenían en su entorno.


- ¿Qué afectos podría expresar un espécimen cómo el Señor Frio?


Ella entró y lo encontró moviendo la materia en descomposición y su abonadura

las cuales sustentaban el universo sensorial del Señor Frio. Las orquídeas le

estrechaban su mundo plano de afecto y no toleraría que una dulce y brillante

muchacha criada en la Esparta Colombiana, como le llaman a la ciudad de

Marinilla, le robara su preciado tiempo a cambio de melosería y verborragia. Sus

manos toscas le dejarían la tráquea sin aire y ella dormiría entre las manos de su

ejecutor al tiempo que él, con un cerebro emocional divergente, continuarían

moldeando con sus dedos tiesos e indolentes que conocían el significado de la

ecuación de Euler y su progresión rítmica e ineludible, una especie de telaraña

famélica capaz de envolver y abrazar a todo aquel despistado que cruzara el

umbral de las manos del Señor Frio.


Elkin usaba sus zapatos NS® de color café avivado por dos franjas negras en su costado los cuales eran sus preferidos para salir desde chico; recordaba el regalo del tío Gustavo tras varios usos por parte de sus hijos y primos, los que habitualmente dejaban tras uno o dos usos pues eran de marca nacional y para ellos no lucían cools pero si reconocían que era el único calzado que podrían usar dadas sus limitaciones de dinero. Se había obsesionado con la apariencia de sus zapatos, su color y brillo, a punto incluso de no aceptar ningún tipo de manchadura en su superficie limpiándoles de manera obsesiva como casi todo lo que hacía en su vida cotidiana.  Tomaba sus zapatos y corría al patío para, a punto de jabón y agua, retirar toda suciedad de sus zapatillas.


Esa mañana no pudo calzar sus zapatillas café, algo oscuro se divisaba en su memoria retorcida pero, alguien le seguía los pasos de cerca.


CESAR LORQU

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