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EL SEÑOR ZETA





              

 

Temo a un solo enemigo que se llama, yo mismo”

-Giovanni Papini.

 

 

1-


¿A qué le temes?

Comienzo esta historia hablando de mi miedo por las alturas y por satán como le llamaba mi madre al hombrecillo que habitaba en mi cuarto para que su hijo menor no desobedeciera y guardara postura como creatura de Dios, habitábamos la parte negra y olvidada de Cartagena, costa atlántica de Colombia.

José Martínez me bautizaron los viejos, pero los amigos de infancia me llamaban Cheito, de niño intentaba treparme a los techos y las casas del vecindario cercano, casas viejas y descoloridas atrapadas al igual que sus propietarios por la desesperanza y detenidas por el paso del tiempo, la mayoría de un blanco derrotado por el aire salobre y el infaltable sol de todos los días; específicamente y por cercanía, me adentraba a la intimidad del tejado de los techos en las casas de Mati y de Melba quienes eran mis vecinas, defensoras habituales del entorno de sus hijas a quienes les encantaba disfrutar del agua, desnudas como Dios las trajo al mundo, para bajarse del vapor de las tardes soleadas, corrían de un lado a otro en sus pantis infantiles y mis ojos curiosos cayeron fascinados la primera que les ví para desde entonces retarme a subirme al ático de mi casa a diario para espiarlas resguardado por las hojas del almendro y la sutileza de mi cuerpo diminuto mientras ellas indiferentes coreaban las canciones de amor de moda.

También intentaba escalar subiendo a la cima de los árboles y cercos de mis pueblos veraniegos, San Jacinto y Mahates, al norte de Bolívar. Esta habilidad por distanciarme de mis pares y resguardarme en la esfera de los diálogos sin sentido en encuentros de la esquina de donde quiera me encontrara me valió los golpes muchas veces acertados en mi humanidad y dignidad de joven por la puntería de mamá para recordarme que no debía distanciarme de la casa pues ella olvidaría mi ubicación tras perderme de su vista.

Nada más romántico en los años dorados de mi pubertad que “trazar un corazón flechao“ con el nombre de una chica y el mío en la pieza curtida del techo de asbesto de mi casa.


Anualmente y en vacaciones escolares me probaba a un reto con mis primos, los hijos de la tía Silvia y compañeros de aventura y buenos amigos hasta ese momento de la zona de sus casas apostando por subir a lo más alto o, lanzarnos a los cuerpos de agua que funcionaban como bebederos de ganado y que habían sido elaborados por los hacendados y propietarios locales para garantizar el líquido a sus animales. Aunque mi liviana y ajustada figura, afortunadamente para mí, nunca me hizo quedar mal evitándome quedar colgado de la piel o, quién sabe de qué otra parte de mi mezquina economía corporal tras saltar o intentar dominar la cumbre de primero. Una vez tuve que treparme urgido a un árbol espinoso, difícil recordar la variedad, pero pienso se trataba de un trupillo, nativo espinoso de ésta parte de la costa atlántica, tras la embestida furiosa de una joven vaca que resguardaba su novillo del medio hostil que le rodeaba y circunscribía la figura de su bovino crío incluida por supuesto, la amenaza humana representada por este joven travieso que contemplaba de cerca su añojo. Varias espinas se incrustaron bajo la piel de mis piernas y pies lo cual todavía me genera dolor a pesar del tiempo pues mi memoria hace registros incompletos de mi experiencia sensorial; como era de esperar y amparado en el calor de la región, escasamente me había logrado vestir con un pantalón corto y unas chanclas de caucho y como bien dicen por acá – papaya puesta, papaya consumida – dando lugar con ello al infortunio de sacrificar mi piel por resguardar mi humanidad de los cuernos afilados del semoviente encolerizado.

Bueno, en fin, si esta suerte de miedo ancestral a morir no era vencida por éste tipo de peligros no entiendo por qué ahora tengo miedo de subir a los balcones y cubiertas de vidrio de edificios elevados anteponiendo un desasosiego tenaz sobre las plantas de mis pies a pesar de que estoy seguro – eso lo tengo bien claro - no caeré al vacío.

 

El miedo a lo desconocido, el aciago por sucumbir ante una fuerza maligna hizo también presa de mí cuando sobre la media noche de ébanos amaneceres en la semana Santa de la ciudad nativa de mamá, San Jacinto. debía salir a ubicar el baño en la parte trasera del patio de la casa de Eloína a desocupar mi vejiga. Detrás de la casa de la tía se dibujaban las criptas y bóvedas blanquecinas, relucientes en su última mano de cal esparcida antes del día de los muertos como era ya común, tumbas relucientes y adornadas con flores de plástico y una que otra flor de jazmín desecada por el sol del mediodía que ni siquiera el agua y una pócima de salicilato añadido lograría revertir la perdida de turgencia de sus flores. El cuadro representaba para mis doce años un mural tétrico y pagano de quienes hacen culto a los muertos, sin embargo, la urgencia por orinar después de la media noche era mayor y si no lo lograba anteponiendo el espanto a la lógica, si me dejaba vencer por el miedo de los otrora vivos transeúntes de la calle 21 del sector conocido como Pénjamo, al día siguiente se haría público en la cuadra del barrio que el hijo menor de una Quintana se “mojaba” todavía en los pantalones haciendo presa de mí una angustia recalcitrante y castradora puesto que éste tipo de falta se constituía en el hecho pueril más condenable por las lenguas inquietas y desprovistas de censura de las abuelas de la plaza principal del pueblo cuyos nietos, bastante baroncitos, nunca serían capaces de orinarse en la cama a esa edad.


El miedo a los cadáveres todavía me acompaña, sin embargo, entiendo que es más una especie de fobia pues la angustia aparece cuando observo cuerpos de animales muertos más no ocurre esto en presencia de cuerpos humanos pues siempre quise ser galeno y este oficio te expone a atender a los fallecidos de manera natural o por violencia. Recuerdo mis años de estudio en el Liceo donde terminé la secundaria cuando me ofrecía actuar como disector de los cuerpos de algunas especies de anfibios, reptiles y aves de mi región, labor que ceremoniosa y respetuosamente cumplía como parte de la catedra de Biología logrando exponer de manera casi artística sus sistemas como entes vivos luego de lo cual ya no era capaz de retirar la mortaja de sus restos para dar cristiana sepultura en el jardín del colegio y así dar honor al sacrificado que dejó adentrarme a sus entrañas, debía entonces pagarle algo de mis ahorros a un compañero de clase que lo hiciera. La necrofobia todavía me acompaña y de manera compulsiva salto y evito estar cerca de un cuerpo sin vida, especialmente sí cumplía en vida el rol de una alimaña.

 

 

2-


Entonces, ¿A qué le temes?...

Hace rato dejé de sentir miedo, aprendí a valorar los hechos heroicos, a rechazar la cobardía de mis semejantes que agreden verbal y físicamente a otras personas ya sea por diferencia social, racial, de riqueza o, de conocimiento. Tengo claro que defenderé hasta el último mililitro de aire alveolar la dignidad de mi familia, que me quitaría la camiseta por un amigo vilipendiado por su oponente y buscaré el error en la lógica de un ataque de quien intente dañarme, aunque para ello el dolor comience a integrase a mis sistemas.


Zeta llegó cuando no le esperaba, como adulto y sobre los cuarenta nada generaba inestabilidad en mis tobillos. Gritar, incitar, ponerte contra la pared por una situación acomodada a su antojo respaldaba el hecho de que su conducta buscaba todo menos alcanzar la armonía y el respeto en su entorno de trabajo.

Una mañana de marzo hace dos o tres años hizo estallar mi ira cuando de manera elaborada dejó entre mis pertenencias de oficina unos archivos celosamente resguardados por nuestro coordinador de área, no sé exactamente si tenía la intención de culparme de espionaje o, buscar un motivo para hacerme salir de la empresa.

La empresa a la que hago alusión tenía su sede principal en Barranquilla, desde allá se trabajaba en la elaboración y distribución de armas ligeras para la industria militar, mi oficio consistía en estudiar y aplicar el uso de la física a la balística con lo cual podríamos establecer el alcance de una munición, su cinética y La efectividad de la defensa con su uso.


Aceptar hoy por hoy que los gritos proferidos por Zeta ya me representan un susurro de viento de jardín entre tanto ruido disímil y tanto contenido ilimitado de odio representa en mis actuales circunstancias de vida una oportunidad de cambio por no dar a entender que lograría reventar mi cordura si persistía con su actitud de afrenta contra los trabajadores de la empresa.


Una bala calibre 44 fue la causa del deceso de Martín nuestro técnico más experimentado en balística, la autopsia determinó que la bala que lo mató le entró y se alojó en el occipucio de su anatomía, dejándole ciego y muerto en el acto.

Debo confesar mi sospecha de que esa bala se dirigía a mi cabeza,

Zeta era una persona hostil y prepotente, jamás nos perdonaría a los de Balística haberlo expuesto a los superiores por su dinámica de odio y su intención de extraer información y venderla a la competencia.

 

El tiempo deja más preguntas que respuestas:

¿Quién fue? ¿Qué pretendían? ¿Equivocaron ubicar la víctima? ¿Estaban buscándome a mí? ¿Quién será la próxima víctima de Zeta?


Prefiero quedarme un rato más en blanco, depositar mi cabeza poco poblada de cabello sobre el frío cristal de mi escritorio, divagar sobre los argumentos de una acción injustificada, observar la rutina de mi entorno, hoy por hoy sugiero intentar escuchar el corazón acelerado del cobarde que enfunde un arma para agredir a otro, la respiración acortada de quien no teme a su agresor pues está dispuesto a emancipar sus entrañas en su percepción de valor de no ceder al miedo y prolongarse en la angustia de su ejecutor quien errará la suerte del gatillo así como ha equivocado sus pasos pues, pronto la suerte lo dejará sucumbir en manos de un hombre más frio y sereno que él. Evoco el valor de nuestros héroes, de mulatos y mestizos, así como de cachete colorados que no se la dejarán fácil a quienes pretenden eliminar su sueño de ver crecer a sus hijos en una tierra honesta, portadores de un ADN noble y trabajador para lograr llevar comida a sus mesas y reposar con la conciencia tranquila de quien nada debe.


Zeta todavía se mueve entre nosotros, en las mañanas lo veo paisajear sobre las vidrieras de las oficinas, lo veo sereno pero determinado a entrar a buscarme para silenciar por siempre la voz de quien no le teme a la violencia irracional de su proceder.

 

 

3-


Zeta ingresó como de costumbre sobre las 9:00 a.m. en la mañana, portaba corbata de tonalidad azul, lentes oscuros para disimular la frialdad de sus ojos, sus 172 cms me parecían ridículos ante la prepotencia de rango ampliado que profería sobre sus compañeros de oficina, en los últimos doce años había sido presentado como Director de Ventas, la verdad para nadie era un secreto que te vendería fragancias de limoncillo con lavanda en pequeños envases de vidrio haciéndote creer que contenían extracto de colágeno como fuente de vida eterna; al rato de su ingreso puntual a la oficina comenzaría su ritual de gritos y rencillas haciéndonos creer que la teníamos bien merecida por haber retrasado una entrega.


En mis ratos de fuga mental como terapia sugerida por mi psicólogo imaginaba como había sido su infancia, torturado en las manos rígidas de una madre que no había planeado su nacimiento, indignado por las malas formas de comportamiento de sus contemporáneos que querrían inculcarle la maña a un jovenzuelo cuyo principio y fin se constituía en leer de izquierda a derecha y de arriba abajo la lección impuesta por su profesora frígida en la catedra de Español que poco o nada se esforzaría por generarle un asomo de curiosidad por cuestionar la distribución estereoisomérica de los puntos en la materia y el ajuste entre la forma y su contenido, realidad cúbica de nuestros espacio tiempo; verlo salir llorando y corriendo tras una broma de uno de sus compañeros de clase porque se le manchó la camisa blanca y planchada de su indumentaria escolar constituiría apenas una sanadora pausa activa para mi cerebro y su deseo reflexivo de ver al Sr Zeta, apesadumbrado y doblado ante el miedo de no alcanzar a dimensionar de manera coherente el alcance del castigo impuesto por su progenitora.

Yo optaba, exprimiendo mis principios de inteligencia emocional, por ignorarle y sólo contestar su interrogatorio cuando por tema o proximidad me abordaba, salían a la luz tantas otras veces que le solicité en nombre de todos que le bajará el volumen a los gritos, que mordiera su lengua antes de proferir ofensas con gestos o actuaciones sobre sus semejantes. Entonces, yo también sería objeto y víctima de su veneno para reclamarme a corazón abierto el ¿por qué me apropiaba de los problemas de los demás?, ¿por qué me metía donde no se me había llamado? lo que a la larga terminó por explicarme también ¿por qué sigo ingresando a la oficina a pesar de tener un perfil rotado e invertido, que no acierta para nada en la ira del señor Zeta?

 

 

4-


La mañana comenzaba de manera oportuna tras una calurosa taza de café caliente, todos en la oficina experimentaban una especie de catarsis inducida por el aroma y la descarga dopaminérgica del elixir traído a occidente desde Etiopía para adueñarnos de su estilo y versión con la fe de quien quiere llevarte la esencia del campo a tu mesa en apenas 60 a 200 mls de pura inspiración revitalizante.

Contar algún detalle de la tarde anterior, asumir el rol de narrador de historias con su carga afectiva y emocional sin duda nos permitía retomar un plan para salvaguardar de una rutina paralizante.


Llegué como de costumbre sobre las 8:00 am, un desayuno ligero, bajo en calorías si deseaba controlar mi ganancia reciente de peso y una detención abrupta en el horizonte de mis ojos tras leer un oficio recibido cinco minutos antes por mi jefe inmediato.

El oficio detallaba la causa y hora de muerte de Martín, los tecnicismos y aplomos de lógica en el informe dejaban sobre la mesa un peso de incertidumbre y miedo por el devenir.


- Señor José, la bala que mató a Martín salió de la pistola que Usted estuvo probando y esculcando dos días antes de su muerte –


- Se inicia una investigación que pretende y debe lograr esclarecer sí existe o existió alguna relación entre la muerte del finado señor Martín y su arma de prueba. La fiscalía pronto lo debe citar, le recomendamos permanecer atento a su teléfono y esperar la investigación en curso.

 

Recordé mi miedo a las alturas y a los cuerpos sin vida cuando pasaba junto a ellos en los velorios de los muertos del barrio en La María, tenía un recuerdo pixelado en la memoria de haber calculado la distancia entre el ático de mi oficina y la ventana donde laboraba Martín, haber hecho cálculos de trayectoria y poder de impacto y alcance, haber divisado a Zeta riendo a carcajadas en su maldad, mostrando por el rabo de sus ojos de color marrón cómo conocía con precisión los movimientos de nuestros trabajadores del área, sentí un sudor frío recorrer mi cuello expuesto la tarde que lo ví conversar junto a Martín mientras yo tomaba entre mis manos el arma que había recibido de Zeta para inventariar su poder lesivo,  cuestionar mi temor a mirar de frente el cuerpo de Martín, reposado y calmo, vestido de negro, en su habitáculo de madera.

 

Corrí entonces a mi oficina para destruir los planos diseñados la tarde de ese día, carecía de todo sentido esa imagen de recuerdo, pero en su potencial oficio de levantamiento planimétrico cimentaba mi idea de la dicotomía de la naturaleza humana y el poder controlador de las emociones sobre la razón misma.


CESAR LORQU


 





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