LA MUJER Y EL TIEMPO
- cesarlorqu

- 7 mar 2022
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 12 ene 2024

«Nada asusta más a un cafre que una mujer que sabe leer, escribir, pensar y encima enseña las rodillas.»
CARLOS RUÍZ ZAFÓN, El laberinto de los espíritus.
A todas y cada una de las mujeres que he conocido y amado, a ellas y su tiempo desprovisto de colágeno como una señal inequívoca de que el amor tiene más de emoción y de instinto que de físico...
Me desperté con la sensación en el cardias de que había olvidado algo, un tumulto encajado y gravitante en un punto medio entre mis tetillas descarnadas y huesudas, un miedo desconcertante que dejaba en mi sien la certeza de un nuevo olvido de mi desmemoria.
Tomé un baño corto e ingerí un antiácido en sachet de esos que promocionan en la tele, con la convicción de que una dispepsia floja no me bajaría el ánimo por mostrar a todos mi nueva pareja.
Ella era alta, de cuerpo acinturado y busto bien proporcionado como haciéndole gracia a ese rostro angelical que me traía el mundo revolcado patas arriba y me adentraba al escenario donde los hombres te envidian y no retiran sus ojos de tu chica hasta que un codo puntiagudo en el costado les devuelve a su realidad inerte.
La miré de nuevo, reparé en sus rasgos con la ingenuidad de un niño destapando un nuevo juguete. Reparé en sus labios y sentí de nuevo esa tirantez que había sentido en el garguero unos minutos antes, de repente tuve la sensación de haber olvidado ¿Quién era yo? ¿Qué estaba haciendo en ese lugar? y ¿Quién era esa hermosa mujer que me miraba perpleja, como preguntándose ...¿Qué le pasa a este idiota?
Yo, en un nuevo acto de despersonalización, preguntaba a todos los presentes del salón social si podrían
recordar ¿Dónde estaba mi mujer?
Refresqué su memoria iniciando con una breve descripción de la mujer que había extraviado unos minutos antes:
- Ella era más bien bajita, de escasos treinta años y más bien gordita, de pelo corto y cachetes enmarcados en un par de hoyuelos tiernos y sagaces -
Todos se acercaron y me llevaron a rastras a la parte trasera de la casa para preguntarme si había perdido la razón o si aquello obedecía a una más de mis actuaciones improvisadas como otrora acaecidas con la venia y complicidad de Madeleine cuando les convencía de proceder de otro tiempo y de otra época.
Yo, sin otro argumento diferente a las ideas disparatadas que mi cerebro se esforzaba en presentar, tomé pausa y les conté:
- Madeleine, la hermosa Madeleine es producto de una confabulación de mi mente para hacerles creer que mi corazón no pertenecía a Rosa -
Salí entonces del salón principal y me dirigí en autobús desde la estación de Industriales, cerca del centro de la ciudad, con rumbo a la casa como estaba acostumbrado a hacerlo desde tiempos inmemoriales.
Al día siguiente Rosa, mi gran Rosa, llevaría rosas amarillas y agua fresca para dejarlas como compañía en un recipiente de cristal con mi nombre tallado al frente ahora que mi inmaterial cuerpo levitaba las calles de la ciudad como lo hacía en la última década recorriendo los recodos de antaño entre Industriales y El Palo, localidades del centro de Medellín, sitio preferido de mi trashumancia animosa.
CESAR LORQU .
Una sociedad que inventa y procura una mujer de atributos X donde el amor por la familia y la compañía honesta a su pareja es una distopia para entender que los valores desaparecen y el afán por lo superfluo y la vanidad terminan por imponerse para desplazar el tejido social de la familia que generará humanoides que habitan la órbita alterna de la tierra.





Comentarios