ORO BLANCO
- cesarlorqu

- 24 sept 2021
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 20 abr 2023

“La imprudencia suele preceder a la calamidad” Apiano de Alejandría.
Fernando Heredia era un trabajador de la fábrica local de Prendería, ramo importante en la generación de empleos de la ciudad de Cartagena y recurso que al igual que el turismo impulsaba y promovía el negocio de la joyería que, al igual que las artesanías era apreciado y demandado por nacionales y extranjeros pues su costo podría ser incluso más favorable que en otros puntos del orbe nacional al compararlo con otras ciudades como Bogotá, nuestra ciudad capital.
Fercho, como le llamaban algunos de los comensales del restaurante de la esquina entre la Boca del Puente y el antiguo edificio de la Gobernación donde solía salir a tomar un café acompañado de un pionono, manjar tradicional cartagenero sin punto de comparación de la pastelería nacional, trabajaba la filigrana en oro blanco y su diseño y arte era apreciado y apetecido en un sector de la ciudad vieja, más exactamente en la calle Román, tras cruzar la esquina del Portal de Los Dulces se ubicaba su taller de trabajo. Era un chico introvertido, de unos 25 años, con origen en la ciudad de Mompox, de unas características diferentes al resto de sus coterráneos y de hábitos más bien solitarios.
Esa tarde, al igual que muchas otras, debió escuchar hasta el cansancio a Martha y Miranda, empleadas vendedoras de la prendería y que se reunían a convulsionar en el chisme, con sus lenguas cuarteadas y robustas entre la dignidad de un conocido y la obscenidad de los contenidos del cristiano o cristiana tomado a objeto para hablar de los acontecimientos de su vida reciente, en la oficina de al lado de su pequeño taller, él les escuchó hasta el umbral de la locura, contar las mil y una formas de perder el tiempo, exaltando además las habilidades aprendidas de cómo inventarse una excusa para robarse algo más de tiempo mientras, acababan y reconstruían una y otra vez la humanidad. Respaldarse en una buena excusa era además una destreza de dominio y pericia habitual entre las de su generación, con procederes y limitaciones comunes en esta comunidad del norte de Colombia.
A Fernando lo tildaban de antipático, antisocial y de “pocos amigos” porque dedicaba más tiempo a la lectura de los clásicos y autores del boom latinoamericano como Julio Cortázar, Carlos Fuentes entre otros, así como por su gusto de asistir a las galerías de arte local, sitios que enaltecían la policromía del caribe y su artesanía ancestral, en general todo lo que tuviera color y acervo cultural que para esta parte del país de Gabo, lastimosamente sólo podría disfrutar de manera virtual en estos días de pandemia y de coronavirus omnipresente.
La rutina, el aislamiento social recientemente impuesto de manera obligatoria y que él ya vivía desde años atrás, la falta de un reconocimiento de los suyos a su esfuerzo por mejorar le generaban una sensación de frustración y minusvalía a tal punto que, optaba por aislarse mientras escuchaba a sus semejantes jactarse de su inercia emocional e incapacidad por sentir afecto, por un usual “importaculismo” fluido esparcido entre las personas que escuchaba a diario, los que se montaban al transporte masivo local y le pisaban los zapatos de manera reiterada, recordándole su diminuta estupidez.
Hoy, se había levantado más temprano que de costumbre, hoy una idea le rondaba la cabeza con visos de omnipresencia en su alrededor, con kilos de obsesividad gravitatoria, esta idea lo fue haciendo suyo hasta despojarlo del freno de su corteza frontal haciéndolo presa de un pensamiento malsano.
Llegó al taller y preparó su obra:
- ¿Cómo me libro de ese par de señoras locas?
- He hecho de todo, hasta me he puesto tapa oídos siliconados –
- ¡Ya no las aguanto más!
Esta vez se valdría de sus habilidades para trabajar el oro y se dispondría a dejar algo de As - 33 en uno de los manjares de la repostería local para compartírselo a las dos ninfas de su tortura acústica. Así lo planeó y así quiso ejecutarlo.
Un ser supremo y eficiente se le adelantó en el acto, quizás sólo fue una inflexión de su espacio/ tiempo, lo cierto es que apareció en la escena de la calle una moto de esas que andan corriendo de todo el mundo - como si huyeran de sí mismos - atormentados por el sutil hedor a combustible derramado de su moto vieja tras abrir gas, les arrebató a Martha y a Miranda de su destino, quebrándole las piernas, justo tras bajarse de Transcaribe® en la Torre del Reloj, teniendo que llevarlas a un centro hospitalario cercano y así poder ser valoradas por un equipo médico de trauma.
Fercho, tomó entonces un lote de su materia prima y se dedicó a elaborar un encargo de su jefe que sería presentado en el puesto de venta de su oficina central para adornar el cuello de una de las dignas representantes de nuestra alcurnia social para un evento de élite y glamour; para ese momento sus dos arpías del chisme local pasarían unos días alejadas de su taller de trabajo y esto para él, era una oportunidad perfecta para volver a su oasis creativo.
CESAR LOQU
As – 33: Arsénico





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