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UN TIPO CHAMPETUO (EL CAFÉ)

Actualizado: 3 sept 2022




Nos hablaba con el virtuosismo de quien domina un tema, preparaba en esos días una tertulia pendiente, el control sobre los visitantes habituales del salón y auditorio social era tal que se les mojaba la boca de baba escuchándole hablar. Alfonso estudiaba Filosofía y letras en una universidad de la ciudad y aún no renunciaba a su sueño de ser periodista. Cumplía una función social en el barrio La María como tutor del grupo de adolescentes de la localidad y nos reuníamos en el salón de la biblioteca; desarrollaba con lujo de detalles su papel como orientador y organizaba talleres sobre lectura enfocada, acompañamiento aprovechado al máximo por nosotros para aclarar el océano de dudas que inundaba nuestro mundo.


Alfonso inició su descripción en ese momento sobre los populares bailes de champeta, muy de moda en ese tiempo en las noches de fin de semana en la zona suroriental de Cartagena; entre los asistentes espectadores del público se encontraba el Café, así lo llamaban pero yo nunca conocí su nombre, destacaba por su apariencia, con su moda afro que lucía a través de sus pantalones bota de campana en terlenca y su camisa de chalis brillante, con colores ocre, azul y beige. Alfonso no dudó ningún momento en hacerlo pasar al centro de la tertulia.


Hablaron durante largo rato del tema, al menos una hora, Alfonso describió de manera hábil, producto de su lectura e investigación de campo, las implicaciones sociales y el alcance de los nuevos ritmos musicales que se imponían entre los habitantes del sur de la ciudad con la influencia de música oriunda de África y que ensalzaban en años recientes por medio del Festival de Música del Caribe.


El Café tuvo su momento para hablar igualmente, yo revisé con detalle su apariencia física mientras hablaba, de pelo abundante en moda afro que era acomodado frecuentemente con su peine guardado en el bolsillo y que simulaba un tridente, una figura esbelta y delgada y una ropa ajustada muy de los años ochenta, el pantalón en botas de campana era de color café similar al color de su piel, la camisa de manga larga y tonalidad vistosa, una fragancia pegajosa que describiría más como un pachulí y que se desbordaba como un río crecido sobre un valle seco y arenoso, sobre todos los que le acompañábamos en el auditorio de la biblioteca comunal. Llevaba también zapatillas de tonalidad café oscuro, por supuesto no llevaba medias como se impuso en esa época, era éste el atuendo de mi amigo y que recuerdo al día de hoy. Habló también de su apariencia, de sus pasatiempos y de la música que se abría lugar entre los barrios de la ciudad pobre, la ciudad negra, mi Cartagena de Indias.


Tenía una pregunta concreta para él:

- ¿Es cierto que Ustedes siempre llevan una champeta* en el pantalón?

- ¿Por qué o para qué llevan esa champeta?


Él lo negó, se describió como una persona pacifica, un ciudadano de bien. Era sabido para los habitantes de la zona lo frecuente que era llevar siempre un arma blanca en el bolsillo de atrás, las peleas frecuentes que ocurrían en esos bailes, peleas que se casaban antes de los bailes y se concretaban durante los mismos, con una causa no explicable a la luz de la sana convivencia pero que podían relacionarlas con la concurrencia del consumo de alcohol, el exceso de testosterona y la lucha por la conquista de mujeres que les encumbraba como nuevos estandarte del machismo local.


Alfonso intervino de nuevo, su propósito era cuestionar la nueva tendencia entre los habitantes de ésta parte de la ciudad, la combinación de violencia, resentimiento social y el abuso de alcohol y la aparición de los nuevos ritmos musicales que se imponían y que redundarían posteriormente en la producción de ritmos autóctonos que se comenzó a reconocer como Champeta y los que la bailaban y escuchaban, “Champetuos”. Los nuevos protagonistas de bailes y de peleas callejeras serían estigmatizados socialmente, unos víctimas de una ausencia total de educación, otros queriendo convertirse en los galanes de barrio y poder asegurarse un puesto en su carrera reproductiva. Con sus pintas y estilos de vida, algunos con colección de cicatrices y cortaduras en el cuerpo, comenzaron a hacerse comunes en las calles del barrio, no solo las noches de los viernes y sábados cuando frecuentaban las casetas de baile, también en otros momentos de nuestra vida social, asumiendo un estilo de vida original al que nos acostumbramos y aceptamos como parte de nuestro legado cultural.


Esa tarde comprendí muchas cosas, me liberé de los prejuicios infundados por los comentarios de Carmen - Mi madre - y de mis tías, reflexiones hechas en parte sobre la apariencia de el Café a quién de alguna manera admiraba en mi posición de adolescente flaco y debilucho.


En esa pensaba cuando Café anunció que tenía que marcharse; cuando él se despidió pude ver al reparar en su bolsillo de atrás que llevaba un cuchillo tipo champeta y que identifiqué por la presencia de la cacha negra que sobresalía del bolsillo. El Café, como le llamaban y que nunca nos dijo su verdadero nombre, abandonó el recinto y todos nos quedamos en silencio.


En ese momento retomé mis lecciones sobre historia y biología, me enfoque y esforcé por sacar adelante mi compromiso con serle útil a la sociedad desde mi oficio, sin abandonar mi admiración por el mestizaje y la multiculturalidad de mi gente, con quien compartí la parte inicial de mi vida.


Debí abandonar la ciudad y hoy estoy radicado en el interior del país, le perdí la pista a Alfonso y al Café; el Festival de Música del Caribe desapareció después de 1997, la música Champeta se popularizó y hoy en día la escuchan y bailan en todas las esferas sociales y personajes como Shakira, hoy la interpretan en escenarios de talla mundial como la final del Super Bowl pasada (03/02/2020); todo esto me lleva a la conclusión que debemos respetar la diferencia, que debemos ser originales y ver en cada realidad una oportunidad de crecimiento y emancipación.


CESAR LORQU (2020)

*: Champeta conocido habitualmente como un cuchillo de cocina.


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