Vértigo, Capítulo I - Pan y vino
- cesarlorqu

- 1 ene 2023
- 9 Min. de lectura
Actualizado: 30 oct 2024

Esa mañana de principios de enero el canto de un Congo me despertó.
Su graznido horroroso sobre el cristal de la ventana de mi habitación hizo
precipitar bloques de hielo sobre mi sangre, es así como las piernas no sólo
comenzaron a pesarme más de lo habitual sino que además se tornaron frías sin
que yo pudiera advertirlo antes de que iniciara mi locomoción.
Detallé el ave que usurpaba mi sosiego; su pico retorcido y su coloración negruzca
parda actualizaron mis miedos y sintonizaron en esencia el temblor de mis rodillas
con el retortijón alojado en mi epigastrio, como anticipación y certeza final de que
nos sobrevendrían cambios importantes.
Sobre las 5:00 AM en punto un canto agudo e insistente sobre mi ventana me
hizo presagiar eventos oscuros por sobrevenir.
Como buen cabalista, mestizo en mis genes y heredero de una suspicacia
superlativa natural en mis abuelos, solía asignarle un significado sobre natural a
cada detalle que observaba sobre la naturaleza a mi alrededor lo que, de una u
otra forma, lograba generar en mí una especie de escozor irritante y abrasivo, a
punto de provocarme náuseas y escalofríos como cuando te encuentras frente a
frente con un espanto. No había tenido noticias de Rosa María en los últimos 6 meses tras haber
sepultado a mamá. Ella había salido del pueblo, sus ojos hundidos en una pena
sorda por la culpa que para mis adentros no lograba identificar aún.
Se fue tras de Diego, su amor de mujer joven pudo más que la súplica de sus dos
hermanos para no dejarla ir, ella sin embargo optó por hacerlo en silencio, no se despidió de nosotros.
Muchas dudas rondaban mi cabeza, hacían nudos insoltables que luego me
dejaban una profunda sensación de frustración.
Nuestra vida no era igual sin Lucy como dulcemente la llamaba papá, ella nos
dejaba entrever su presencia por medio de su olor, su armonía y lo más difícil de
percibir por estos días, su energía.
Me encargué de recoger sus pertenencias para disponerlas de manera organizada
en el chifonier donde antes Rosa María guardaba su ropa. Su olor sobre mi olfato
era un viaje sublime al rincón más selecto de mi infancia cuando su dulce voz se
confundía con las risas y bromas de papá y su advertencia en chanza a los
“peligros de un duende hogareño” habitante de nuestros jardines desde el principio
de los tiempos cuando Doña Javiera le leía o, al menos intentaba hacerlo, cuentos
infantiles a los hijos de sus esclavos liberados.
Su aroma era también una invitación a no dejar olvidar su memoria, recordar su
amor por los animales y la naturaleza misma como cuando salíamos de excursión
a recorrer la rivera de la quebrada La Agudelo en cuyas orillas hacíamos entre
todos una frijolada para degustar con arepa y chicharrón al final de la tarde no sin
antes destornillarnos a carcajadas, siempre trayendo a colación alguno de los
cuentos de miedo que hacían desencajarse del susto a Mateo.
Diego se había esfumado, el excelso hombre de la moda y cara de la vanidad
insondable, que regocijaba el corazón inmaduro de mi hermana con sus flores y
palabras bonitas quien, al igual que muchas de las personas que deambulaban
entre nosotros en las cercanías entre los valles de San Nicolás y Aburrá se
movilizan inmersos en trances indescifrables por la navegación infinita y lejana de
sus dispositivos móviles, intentando vivir la vida de otros seres que para nada
tienen que ver con nuestra realidad, figurines imaginarios que generaban envidia
en nuestros coterráneos humildes y de escaso dinero en sus bolsillos; Rosa María
había renunciado a su vida propia por seguirlo a él, seguir a un hombre maldecido
por la droga y en cuyas manos se contaban un número poco despreciable de
muertes y dolor, familias enteras que como la mía habían perdido su color y
alegría bajo su influjo, su daño colateral, ese que no se predice fácilmente y que
se oculta en la sociedad con la premisa de que sí no te pasa a ti pues no te
importa ni te daña.
Ya sea por la perdición en el consumo o la exterminación anunciada y ejecutable
en las manos profanas del Sr. Dugati, lo único cierto era que su reinado tocaría fin,
eso era predecible, y al igual que la ley del Talión, habría de morir de manera
violenta como lo anunciaban sus temerarios enemigos y lo anhelaba mi voz
interior desde hacía un tiempo, no lo podría negar, muchas veces sintiéndome
pusilánime, incapaz de ir por él y darle su merecido por todo lo que nos había
robado y nos habría privado de vivir en familia.
Me habían contado en el taller que le habían visto unos meses antes en uno de
sus deportivos, atravesando el céntrico sector de Aranjuez, al lado suyo, una
mujer joven y de cabello largo, de ojos melancólicos y mirada sinfín le
acompañaba.
Rosa, nuestra hermana menor había decidido irse a su lado, esa era la música
que le gustaba tararear ahora y nosotros en casa, esperábamos por un milagro
para que nuestra querida hermana retornara a El Retiro.
Los días en el pueblo se me hacían largos y aplanados, extrañaba las voces de los míos corriendo de lado a lado, la rutina se me hacía una sola. Abría el taller sobre las 10:00 a.m. y a las 06:00 p.m. cerraba no sin antes haber adelantado los encargos y arreglos de la curia local representados en retoques, correcciones y matices de los santos de mi pueblo, esos con los que aprendí a recorrer la textura de la madera y el yeso en las manos de papá.
Mateo había abandonado el pueblo también, estudiaba una tecnología en la vecina ciudad de Medellín mientras trabajaba de noche con la vida nocturna de la ciudad.
Isaac Ramírez, nuestro abogado representante y “salvador” de los mercaderes locales de alucinógenos y droga blanca base de las nuevas y cotizadas drogas psicodélicas, había regresado de Europa. Su ambición y vida previa de excesos le pedía por más; él desde su ciudad del alma había decidido asociarse con los jefes locales del hampa. De nada sirvieron los sermones promulgados por sus progenitores ni mucho menos los ruegos de Efraín por no dejarse vencer por la ambición y sus sueños de opulencia donde el vil dinero terminaría por arrancarle su alma, sus principios y adoctrinamiento cristiano no lograrían salvarle de las garras del averno donde pastorean desde siglos los hijos malditos de la tierra.
Él conocía cómo se movían los hilos de nuestra gente y cómo se ejercía control sobre el estamento y los entes reguladores del Estado por medio de la corrupción y el mal uso del poder, habilidades aprendidas previamente mientras trabajaba como penalista de reconocidos personajes de la sociedad y medios locales.
Se podía inspirar en algunos espejos de nuestra sociedad, hábiles maestros entrenados por décadas y décadas de corrupción y actividades ilícitas, poseedores del experticio y maña para redactar tratados completos y extensos de cómo convertirse en millonarios de la noche a la mañana sin generar ningún manto de dudas sobre la procedencia y uso de tales riquezas.
El caos local se prestaba para amparar la impunidad; el sicariato y el mercadeo de psicoactivos emergentes eran apenas una Hidra de brazos abiertos y extendidos, quien detrás de su testa femenina, de sus demonios representados en tentáculos interminables, arroparían a sus nuevos hijos para entregarles el oasis del dinero y la globalización del consumo.
En sus viajes cercanos a la tacita de plata había oído hablar de Diego y de Dugati, la pareja del terror local cuyas actividades de control y sometimiento estaban
generando roncha y escozor en sus similares de Aburrá por lo que existía una propuesta para controlarlos y sacarlos de la escena.
Fue así como el rostro del terror de los sicarios apareció en la portada del Asifue anunciando la muerte de Duglas García T con la sobriedad y decadencia que se merecía el titular. Esa mañana me topé con el anuncio del periódico insignia del amarillismo regional, la foto del mismo hombre que vi correr la noche fatídica, atravesando velozmente la calle donde residía mamá, dejando un sin sabor por no comprender ni imaginar lo que ocurría apenas un par de cuadras hacía arriba, la estampa de un hombre excesivamente blanco que dejaba en sus víctimas por encargo un pañuelo blanco dentro de uno de sus bolsillos como suvenir de su muerte pero también como un fetiche de culpa de su victimario con lo que, sutilmente se aproximaba a una solicitud de perdón con el más allá, una residencia al purgatorio que sabía se tenía merecido y al que habría de llegar para expiar sus culpas, tarde que temprano, Thanatos le haría un llamado y él se sometería a su suerte, sin cuestionamientos ni cargos de conciencia.
Su ritual de muerte traía a mi mente la recordación de las series hollywoodenses de asesinos seriales donde el detalle y la forma, obsesivamente desplegados, terminarían con la ejecución de una víctima, sin importar la trascendencia del lesionado ni su naturaleza misma sino también la estética y adherencia a un plan de su ejecutor, dándole a la muerte un carácter de “sublime” y al victimario una imagen de ser la víctima de una sociedad huérfana de principios.
Recuerdo haber visto un pañuelo de color blanco, extrañamente doblado y organizado, tirado bajo la mesa donde mamá se sentaba largas horas de la noche a contemplar a su marido ebrio mientras le rogaba que subieran a la cama lo antes posible pero que él – Jorge - en su telaraña afectiva, le rogaba que no le dejara solo, el mismo pañuelo por el que no supimos explicar ¿Qué? se encontraba haciendo bajo la mesa de la sala de mamá pero al que no le dimos ninguna trascendencia en ese momento pues no traía a colación ninguna relación ni con el borracho ni con nuestra madre. Los mismos ojos fríos que se posaron en los míos cuando en su carrera buscaba cómo abandonar la calle de residencia de mi madre para alejarse y perderse en el tumulto de los comensales y turistas locales que generaban una malla de tejido humano en correría hacía la plaza principal del pueblo.
Isaac le había puesto precio a las cabezas de Dugati y de Diego, ahora sin duda, su organización se tambalearía desde la base para reestructurarse y reinventarse.
Diego, ciego a su destino, sabía que su actividad de lucro y de sangre le mantenía en riesgo constante de muerte. Varias veces se rodeó de testaferros locales del hampa, personajes menos conocidos entre los capos locales, intentando usar escudos que distrajeran la sentencia a su cabeza, con la idea loca de mimetizarse y salvar su pellejo como lo había hecho antes con la venía de sus mentores pero que ahora, ante su reconocimiento como ente importante, cabecilla de su grupo de hampones, ya no le valdría de mucho esconderse; uno a uno fueron cayendo en una ronda maldita por eliminarlo, él se lo presentía y sin miedo ya había generado en la figura de mi hermana su remplazo natural para sacar a flote su organización delictiva.
Mi hermosa y tierna Rosa María ahora se convertiría en el remplazo del que dio la orden de acabar con la vida de mamá como la misma Rosa me lo confesaría una tarde de arrepentimiento y lucidez, cansada como estaba de mis cuestionamientos y dudas sobre su accionar, que finalmente le otorgarían el recurso de la catarsis a su silencio; igual, por error o por accidente, yo no se lo perdonaría jamás y en mis oraciones de final del día siempre habría lugar para suplicar al altísimo por la salvación de mi hermana, víctima y obra de Diego para quien la muerte llegaría una tarde de domingo mientras subía su Jaguar f type® deportivo por la rampa de Los Balsos, autos que en la geografía y malla vial de Aburrá se hacían alcanzables, objetivamente hablando, en una persecución. Su cara perfecta y sin asomo de culpa, combinación sutil de ternura y maldad contenida, ocuparía los titulares de la prensa local dándole el titular de la caída a uno de los hombres más buscados de la época por la Interpol.
Así sucedería, para mis adentros una sonrisa de placer y sosiego tras la muerte de quién fuera el autor material del deceso de mamá pero, que por otra parte me aterrizaba en una preocupación no menor para ese momento, lograr anticipar y conocer ¿Qué sería de la vida de mi dulce Rosa María? ¿Qué le deparaba ese destino violento que le había tomado entre sus brazos y arropado al embrujo de nuestro galán de barrio para venir a convertirse en su remplazo? en un escenario de muerte y destrucción, responsable de una congoja universal por la impotencia de no lograr cambiar nuestra realidad.
Supe por los medios locales y entre conversaciones de la gente que rondaba al pueblo que tras la muerte de Diego, una alianza se gestaría para dar luz a una nueva organización que, de boca en boca mencionaban, sería reconocida como El Eje y cuyo líder natural dejaría conocer a uno de los personajes más oscuros de la región conocido con el alías del Ibérico y cuyo nombre verdadero correspondería nada menos que a Isaac Ramírez, nuestro ex hombre de las leyes, cuyo paradero real era desconocido pues mantenía alianzas con varios grupos de la región y su organización ya había salido de nuestro territorio a través del Pacifico Mexicano para dar rienda a una estructura internacional de poder sobre el consumo y distribución de psicoactivos de todo orden y naturaleza.
Imagino en mi desventura que El Ibérico nunca alcanzó a enterarse del hecho de que compartiría linajes de poder con alguien que no era ajena a su familia, alguien que por desgracia, se obsesionó con la idea insana de sacar al personaje ebrio
– El amor de mamá – de nuestras vidas y terminaría sin proponérselo, apagando la vida de nuestra querida Lucia con su idea retorcida.
Imagino que Rosa María lo desconoce también.
Para este momento, tras la pérdida del Diego, entre suspiros y desazón, debe estarse preguntando:
- ¿A quién se corresponde la identidad del Ibérico?
- ¿Quién deberá pagar con su vida por la eliminación del amor de su vida?
Estas cavilaciones continuarían dando vueltas en su cabeza por un tiempo más. Así tenía que ocurrir, así pasó.
CESAR LORQU
Proyecto Pan y Vino
2022
Material impreso disponible
Lleva el tuyo.





Comentarios