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El otoño

Actualizado: 27 dic 2025


Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo" Jorge Luis Borges


El viejo calza sus zapatos con una dificultad habitual, despliega los fugitivos cabellos de su frente para resguardar la armonía de sus años mozos mostrando en una sonrisa su esencia, la palidez de sus cachetes sonrojados por un chiste mal contado y el olvido usual del final de una historia, nos recuerdan que los años recientes le han caído encima pasando su factura por todo lo vivido, con sus manos toscas e inundadas de unas manchas de color café y con un abandono programado de la precisión con la que solía tomar su pluma y escribir su prosa y extender los versos descarnados de un amor olvidado, las piernas temblorosas y extraviadas de rumbo, las mismas piernas con las que solía buscarte en las noches de la ciudad donde ella no podría huir de sus palabras amables y de sus ojos dominantes.


En la noches su rostro cercano te robaría el aliento y terminaría por dominar el secreto de sus caderas ágiles. Su última compañera fue una mujer joven, él me había mencionado, en un momento de confesión, que la duplicaba en edad, increíble me parecía a mí, pero, la vida me había enseñado ya que en el amor y en los negocios, lo que vale es el dominio de las estrategias y el saber mover las fichas con acierto; en el amor, el viejo guardaba el conocimiento bien aprendido de que a una mujer no le importan tanto la tersura de su piel ni la vigencia de un sistema, él lo sabía y por eso esperaba con calma a cada fin de semana para robar su corazón con las expresiones y los halagos de un caballero.


Los caballos corrían en bandada sobre la ternura de una tierra humedecida por el rocío de la mañana, las aves de colores desplegaban sus alas en delta y se sambullian en picada sobre las aguas medianamente profundas de la alberca natural construidos por la caída gravitante de las aguas cristalinas del rio que recorría y pasaba a corta distancia de su rancho bien cuidado. Ella al fin, terminó por escuchar su verbo desprovisto de ambición y de tiempo, se quedó junto a él un tiempo que el viejo no supo aclararnos en su extensión, no entendimos si fué corto al fin, ella se dormía en sus brazos mientras el le leía libros de ayer y de hoy, historias compartidas y vividas de a pequeños sorbos mientras el canto de la lluvia inundando su rio sustentaban las afugias de la mujer joven.


No supo contarnos si ella lo abandonó o si él le dijo que se fuera, solo le entendi que en los últimos años de su vida la marea inundó su pecho y su corazón comenzó a dormirse mientras ella, a la distancia, se entregaba a un amor joven.


CESAR LORQU

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